Por Gisela S. Antequera
Marcos, de 16 años, vive con sus padres y sus dos hermanas. Al decir de los padres, “A Marcos lo vemos mal, empezó con ataques de pánico y miedo a morirse”, “Siempre buscó quien lo proteja hasta en la escuela”.
El joven dice “tengo ansiedad”, denomina a ese estado como “panicardia”. “Me olvido de mí mismo, tengo taquicardia y pierdo el control”. Divide la palabra, dice “pan” es el cuerpo de Cristo y “cardia” es el miedo a la muerte”. Relaciona a la “panicardia” con un suceso acaecido cuando niño. Cuenta: “Me atraganté con un pedazo de vacío y me salvó mi mamá de morirme atragantado. Con ella compartimos el mismo síntoma, tuvo ataques de pánico tiempo atrás”.
A partir de allí se pregunta qué cosas no puede digerir. Dice: “Yo asumí mi sexualidad, pero no puedo contárselo a mi mamá. Ella es católica, devota de la Virgen y proveniente de Santa Ana, un pueblito de Misiones, que me remite a la Virgen a partir del nombre”. La madre refiere: “Con Marcos somos muy compañeros”. El joven expresa: “No me separo de ella, ni para ir de compras”.
Marcos dice “quiero controlarlo todo y darlo todo”. Aparece un fallido: “Por ejemplo no me gusta perder un ataque de pánico”. Le pregunto: “¿No querés perderlo?”, se desdice. Luego menciona: “Con cada ataque me pierdo a mí, me transformo en algo que no soy”. Cuando se refiere a los episodios trastabilla en el decir “Me…, me…, me transfiero, me convierto en otra cosa, en una plaga porque dependo de mis padres”. Agrega: “Si mi mamá pudo ante un ataque de pánico, también yo tengo que poder”.
Relata: “En la primaria me sentía atacado constantemente y quería defenderme de ciertos comentarios. No podía parar de comer y los chicos más grandes me decían ‘gordo’. A los 14 años dejé de comer, pero nunca fui bulímico, y ahora si como de más me siento culpable. Suelo pensar que si no como y me veo flaco me voy a ver mejor. Casi no como carne”. Pero si de carne se trata y de “pedazo de vacío”, Marcos dice: “Ahora con Cacho se me dio vuelta el mundo, voy al colegio solo para verlo. Cacho es mi mayor pedazo de vacío”.
Respecto del síntoma, Lacan (1969/1988) postula que es el “representante de la verdad” de la pareja familiar y “ha de responder lo que hay de sintomático en la estructura familiar”. Ahora bien, la cuestión se complejiza en extremo cuando el niño toma el lugar de ese objeto materno realizando su presencia, pues queda de esta manera capturado por el fantasma materno, oficiando al mismo tiempo de tapón que obtura su falta. La única función que le queda en esta circunstancia es poner al descubierto “la verdad de ese objeto” (p. 294 en Otros escritos, Paidós).
Marcos habla del “pedazo de vacío” con el que de niño se atragantó. En el discurrir de su relato se produce un movimiento de salir y entrar de la “panicardia” al “pedazo de vacío”, que el “pedazo de vacío” antecede a la “panicardia” y le da origen, con el que va construyendo su propio síntoma. Este “pedazo de vacío” se constituye en significante, que al decir de Alba Flesler, “hace síntoma” (Flesler, 1984, p. 2) y hace pregunta: “¿Qué no puedo digerir? Yo asumí mi sexualidad, pero no puedo contárselo a mi mamá”. Se desplaza, de esta manera, del “digerir” al “decir”. Allí encuentra el objeto que lo atraganta.
Es entonces que su relación con la comida va reptando, pasaje de comer en exceso, a comer “nada”, pasando por comer de más con culpa a culminar comiendo poca carne, ¿o “pedazo de vacío”? Dice querer estar flaco para verse bien. Síntoma que corta, hace una hiancia con el Otro en la búsqueda con su propia falta (Mano, 2018).
Marcos se encuentra lidiando con las marcas que trae y tratando, a partir de ellas, de hacer su propia historia. Esos padres, en tanto “primeros erotizadores” y “primer espejo”, tal como menciona Janin (2005), lo han moldeado y determinado a partir de la historia familiar y llegan a no poder dar respuesta al sufrimiento de su hijo, angustiándose y temiendo cuando a este “lo suponen incontrolable” (p. 1).
El joven dice querer controlar todo, a punto tal que controla minuciosamente lo que dice en sesión, hasta que deja de controlar. Sus resistencias se vencen y el fallido acontece cuando dice “No me gusta perder un ataque de pánico” (Freud, 1913).
La adolescencia es el tránsito que lleva al sujeto al encuentro con el sexo y el desasimiento de la autoridad parental. Complejo de Edipo y complejo de castración son aquí reeditados sentando las bases para la asunción definitiva de la posición femenina o masculina. Asimismo, es un tiempo que obliga a identificarse con los pares cuando la identificación con las primeras figuras se ve cuestionada. Es por esto que los adolescentes buscan parecerse, pertenecer a grupos de pares y ser aprobados por estos. La imagen del otro en espejo configura la propia haciendo que el semejante opere de forma transitiva en este tiempo (Weskamp, 2013). En este punto, a Marcos la cosa se le complica, o toma al otro como protector o queda tomado por la imagen del partenaire del mismo sexo, teniendo ojos solo para él.
Para concluir, y de acuerdo a lo argumentado por Freud (1905), las figuras paternas deben ser confrontadas a fin de desestimar las fantasías incestuosas y poder así avanzar en el tránsito a la vida adulta. La adolescencia da término a la infancia haciendo que el sujeto pueda construir la escena fantasmática que vela el encuentro “fallido” con el cuerpo del otro a partir de la puesta en marcha del goce sexual (Weskamp, 2013). Aquí es donde irrumpe en Marcos el propio síntoma, el no comer o comer “nada” (Lacan, 1972-73, p. 3), el verse flaco para verse bien, que lo propulse a salir al encuentro con el otro y con el propio deseo.